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Comunicación orgánica

In Uncategorized on October 8, 2009 at 2:44 pm

Por Cristina E. Wilhelm

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Parece increíble, pero hace sólo dos décadas los seres humanos andaban por el mundo libres de teléfonos celulares, ordenadores portátiles, GPS o Palm Pilots. Las telecomunicaciones han hecho posible el diálogo entre personas de hemisferios opuestos, rompiendo barreras como el idioma, los usos horarios y hasta los contextos comunicacionales en el tiempo y el espacio; una chica que viaja en el metro de Tokio para llegar a su trabajo en la mañana chatea desde su Blackberry con un islandés que comprueba en la computadora de su habitación que son las once de la noche del día anterior. Y nadie se sorprende pues este fenómeno –que los estudiosos de las Ciencias de la Comunicación denominaron “paradigma holográfico”– es sencillamente lo cotidiano. El hombre de hoy erigió una nueva Torre de Babel fundamentada en los pilares de las tres W del World Wide Web. ¿Pero acaso este cyber zigurat está condenado a desplomarse, tal y como le sucedió al del Génesis? Esa pregunta fue precisamente la que dio origen a una nueva ciencia nacida en la década de los ochenta llamada Ecología de la Comunicación.

Hoy existen miles de recursos comunicacionales y la cantidad de información se ha duplicado una y otra vez, como células en subdivisión. Pero la excesiva tecnificación ha modificado la forma como nos comunicamos. Los niños, que antes jugaban al telefonito uniendo dos vasos de plástico con una cuerda, hoy se comunican con mensajes de textos encriptados en lo que parece ser el futuro del lenguaje, donde el símbolo predomina sobre la palabra. Este desarrollo ha reducido la comunicación primaria, de cara a cara, amenazando la ecología de las relaciones humanas. La tecnificación nos está conduciendo al “no-contacto” y al minimalismo comunicacional.

Ese minimalismo implica una interacción estandarizada. Las sonrisas y muecas de asombro están siendo reemplazadas por “emoticons”. Nuestro discurso se convierte en mensajes dejados en una contestadora poco contestataria, que extingue la posibilidad y el placer del diálogo. Correos electrónicos, teléfonos VoiP y gifs animados privan de sensorialidad a la información y la comunicación. Nuestra vista, nuestro olfato, nuestro oído y principalmente nuestro tacto están siendo sistemáticamente privados de estímulos humanos, y hoy se conforman con símbolos, letras y números que sólo proyectan sólo un vago reflejo de la esencia de una auténtica comunicación, desde la frialdad de la ventanilla del Messenger.

Sin darse cuenta, el hombre de hoy se está conduciendo a sí mismo al aislamiento. Cada vez son más frecuentes las historias de parejas que se conocieron por Internet y las citas de juegos de los más pequeños son en la frialdad del ciberespacio a través de videojuegos en red. La identidad se desdibuja, se pierde el valor de un gesto y las reacciones espontáneas se diluyen, al no tener espectadores, frente a la pantalla de un monitor en la soledad de una habitación.

Los seres humanos nos estamos acostumbrando a hablar desde la ausencia, al monólogo, a la soledad. De allí la necesidad de una ciencia como la Ecología de la Comunicación, que busca prever las consecuencias no sólo materiales, sino principalmente espirituales de la tecnificación. El hombre de hoy no expresa al mundo lo que siente, sino lo que los caracteres del mensaje de texto le permiten expresar.

Hoy la información está cada vez más mediatizada, esto quiere decir, que los medios masivos se interponen cada vez más entre el emisor y el receptor del mensaje, privando al discurso de inmediatez. Pareciera que el exceso de comunicación nos llevara a la incomunicación, tal y como una jaula de monos donde todos gritamos sin entendernos y sin recibir respuestas satisfactorias.

Sin ánimos de desestimar las ventajas que han traído las nuevas tecnologías, lo importante es disfrutar del progreso sin olvidar lo que es realmente esencial. Nada puede compararse con el placer de sentarse con un amigo a tomar café durante horas, sin tener que teclear tus pensamientos. Así como nos preocupamos por cuidar el medio ambiente y proteger a los animales, no debemos descuidar la ecología de la relación más satisfactoria que tenemos: la humana, ya que ningún símbolo creado en lenguaje binario puede transmitir lo que sentimos al recibir un beso o al contemplar una sonrisa.

© Publicado originalmente en la edición 40 de la revista Tendencia Maracaibo

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